Los que peinamos canas y/o calvas nos acordaremos del éxito que tuvo en 1977, poco después de las primeras elecciones democráticas españolas, la canción de los nicaragüense Carlos Mejia Godoy y los de Palacagüina – “Son tus perjúmenes mujer”-.Esta canción llego a ocupar el número uno en el “Hit Parade” español. La letra de la canción comienza con “Son tus perjúmenes mujer los que me sulibeyan”. El diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española define “perjúmenes” como "perfúmenes", y “sulibeyar” se refiere a encontrar deleite, goce o placer en algo.
Solo el autor de una ventosidad o flatulencia, es decir el que se tira el pedo, es el que se “sulibeya” y no lo hace ninguno de los que están a su alrededor, los gases de los demás nos parecen repugnantes. Aspecto que analizaremos más adelante.
Tendréis que reconocer que no todas las ventosidades presentan las mismas características fisicoquímicas. Cuando explicaba a mis alumnos los trastornos de la digestión y del papel de las bacterias intestinales en dicho proceso, con el objeto de conseguir despertar su atención e interés, iniciaba la clase describiendo los tres tipos de pedos y sus variantes. Esta clasificación refleja de forma bastante fehaciente los problemas de una deficiente digestión de los hidratos de carbono, las proteínas y grasas, causales de los pedos. Los cuales vulgarmente, se clasifican en “cantores”, “atuneros” y “pintores”, respectivamente. Estoy convencido que los que fueron mis alumnos, todavía recuerdan esta clasificación. Vamos a analizar el por qué se les asigna estos nombres y sus características.
Los hidratos de carbono están formados moléculas cuyos átomos son fundamentalmente de Carbono (C), Hidrógeno (H) y Oxígeno (O). Para que podamos utilizar los hidratos de carbono es necesario digerirlos en nuestro tubo digestivo hasta tener unas moléculas más sencillas, los monosacáridos, que puedan ser absorbidos en el intestino delgado y pasar a la sangre. Las tijeras que tenemos para romperlos son las enzimas que empiezan a actuar en la cavidad bucal, y siguen troceando en el estómago e intestino delgado, donde son adsorbidos. Si este proceso no consigue su objetivo, las moléculas sin romper de hidratos de carbono o parcialmente digeridas pasan al intestino grueso, donde sirven de alimento de los millones de bacterias que lo colonizan, lo que conocemos como microflora o microbiota.
Las bacterias intestinales utilizan, prácticamente, todo tipo de hidratos de carbono y los metabolizan a través de procesos fermentativos formando gases hidrógeno (H2), metano (CH4), anhídrido carbónico (CO2), que son inodoros. Otra parte de los gases proceden de las comidas donde tragamos grandes volúmenes de aire, o de las bebidas gaseosas. Una fracción de los gases deglutidos los eliminamos a través de los eructos, y otros van hacia el intestino, por lo que contienen también, oxígeno (O2), nitrógeno (N2) y anhídrido carbónico, (CO2), todos ellos inodoros.
Por lo tanto, este tipo de gases que desprenden las bacterias al metabolizar hidratos de carbono, junto con los de la deglución, se acumulan en el intestino grueso y al salir por el ano producen el “pedo cantor”, que hace mucho estruendo pero poco olor. De esta peculiaridad se dio cuenta el famoso escritor, Francisco de Quevedo que en una de las estrofas de su “Poema al pedo”, nos relata:
Al señalar que “y a veces sale con resplandores” es posible que Quevedo se refiera a los pedos cantores, que tienen la peculiaridad de contener gases muy inflamables: el hidrógeno y el metano. Esta propiedad es aprovechada por algunos para hace la demostración de la “bazooka del culo”, también conocida como “la llama azul”, “ángel azul”, “el dardo azul”, “flama-rectos” o “mechero-anal”, que consiste en prender fuego a los gases producidos por las flatulencias humanas. Lo de azul se debe a que a menudo la llama es de color azul, aunque a veces el color cambia a naranja o amarillo, dependiendo de la mezcla de gases que se forma en el colon. Esta práctica no es recomendable por su peligrosidad, ya que nos puede provocar quemaduras. La ropa, el pelo o la piel pueden incendiarse y los tejidos sensibles pueden resultar dañados.
¿Qué alimentos nos producen este tipo de ventosidades?. Existen una serie de hidratos de carbono compuestos por unos pocos monosacáridos (de tres a nueve unidades) que conforman una estructura resistente al ataque de los enzimas digestivos, que son a la vez excelentes sustratos para nuestras bacterias intestinales. Los más importantes son la rafinosa, la estaquiosa, la verbascosa y los fructo-oligosacáridos. Todos ellos son completamente fermentables por la flora bacteriana.
En este caso se trata de ventosidades que son subproductos procedentes del metabolismo de las proteínas, llevado a cabo por las bacterias intestinales. Como el atún es muy rico en proteínas que causan este efecto de ahí procede el nombre de atunero. Las proteínas aparte de contener carbono (C), hidrógeno (H) y oxígeno (O), contiene también nitrógeno (N) y azufre (S). Aproximadamente el 99% de los gases de un pedo está constituido por nitrógeno (N2), oxígeno (O2), anhídrido carbónico (CO2), hidrógeno (H2) y metano (CH4). Un porcentaje pequeño (1%) de los gases de los pedos atuneros procede de las proteínas y contienen fundamentalmente compuestos de azufre, siendo el principal el ácido sulfhídrico (o sulfuro de hidrógeno, SH2), el cual procede de los aminoácidos azufrados de las proteínas (metionina, cisteína, cistina) y su olor típico es al de los huevos podridos. Otros compuestos azufrados malolientes son el metanotiol y sulfato de dimetilo.
La carne, el pescado, y los mariscos, son ricos en aminoácidos que contienen azufre. Estos alimentos proteicos contienen entre un 3% y un 6% de aminoácidos azufrados. El marisco, pollo, cordero, y vísceras tienen también un alto contenido de estos aminoácidos, por los que las dietas ricas en estos alimentos suelen producir gases con fuerte olor apestoso, los pedos atuneros.
Las grasas comestibles son fundamentalmente triglicéridos constituidos por tres ácidos grasos unidos a una molécula de glicerina. Para que podamos adsorber las grasa en nuestro intestino delgado es necesario que durante el proceso de la digestión las enzimas pancreáticas y/o la bilis, escindan los ácidos grasos de la glicerina, en caso contrario pasaran al intestino grueso, dando lugar a una malabsorción. La malabsorción grasa se caracteriza por la aparición de heces malolientes, voluminosas, pegajosas y que flotan en el agua (esteatorrea), en otras palabras más vulgares, diríamos que el individuo “va suelto”. Lógicamente si se cumplen estas condiciones, una ventosidad arrastrará heces y el resultado será el “pintado” del calzoncillo o prenda íntima, de ahí viene el nombre de “pedo pintor”.
Los alimentos ricos en grasas, tales como las carnes grasas (cordero, pato, costillar, falda, vísceras, etc), embutidos grasos (mortadela, sobrasada, chorizo, salchichón, etc.), leche y derivados enteros (yogurt, quesos curados, cremas, flan, natillas, nata, helados cremosos), marisco y pescados en aceite o salazón, aguacate, coco, aceitunas, frutos secos, y aceites de todo tipo, son los ideales para la generación de ventosidades pintoras.
Lo más frecuente es que la expresión de un meteorismo incluya mezclas de estos tres tipos de ventosidades, ya que es difícil que un pedo proceda el 100% de un solo tipo de sustrato. Así podemos tener los atuneros-cantores producto de la combinación de dietas ricas en proteínas y carbohidratos complejos difíciles de digerir, o los atuneros-pintores consecuencia de una buena ingesta proteica y abundante grasa. Los más espectaculares, que suelen marcar cátedra y hacen mella en el vecindario, son los que incluyen las tres categorías atuneros-pintores-cantores, que suelen tener su máximo apogeo tras un copioso cocido maragato, fabada asturiana o similar.
Una ventosidad puede liberar bacterias que causen enfermedades, además al echar una ventosidad, también podemos expulsar partículas microscópicas de materia fecal. Nuestro organismo tiene un sistema adaptativo de evitar el contacto con agentes causantes de enfermedades. Las bacterias de nuestro intestino no son iguales a la del resto de los mortales, ni forman gases que huele del mismo modo. Es un “perfume” al que cada uno de nosotros nos hemos familiarizado, pero nuestro olfato interpreta las ventosidades ajenas como una señal de peligro y nuestro cerebro nos pone en estado de alerta, haciendo que ese olor nos repugne. Por otra parte, la exposición repetida o prolongada a un odorante generalmente conduce a disminuciones del estímulo en la sensibilidad olfativa a ese odorante, aunque esta sensibilidad se recupera con el tiempo en ausencia de una exposición adicional. Según la doctora Pamela Dalton, psicóloga del Monell Chemical Senses Center de Filadelfia (EE.UU.) “Lo que parece ocurrir es que los receptores que normalmente responderían a determinados olores casi se apagan después de ser bombardeados durante un tiempo”. Nuestro cerebro al estar expuesto a través de la nariz a unos los olores habituales, al cabo del tiempo los elimina por ser una información inútil, es decir eclipsa el olor personal ya conocido, y da prioridad a otra información más importante para nuestra seguridad.
Esta es una plausible explicación del por qué mis “perjúmenes” me “sulibeyan”, en cambio los ajenos me repugnan.